Como profesores en educación superior, tenemos la obligación de generar procesos ordenados de acciones (método de enseñanza), que fundamentados en alguna área del conocimiento, le indiquen al estudiante el camino para producir su razonamiento y construcción de su propio conocimiento.

¡EL CONOCIMIENTO!

Para fundamentar este método, cada profesor debe necesariamente, pensar y repensar los procedimientos organizados, formalizados y orientados a la obtención de una determinada meta formativa (estrategia didáctica). Esto sin duda, requiere flexibilizar sus acciones docentes basadas en la actividad del aprendiz.

Aunque el objeto del conocimiento científico es una construcción mental, su propósito es entender y representar mejor la realidad. Flórez R. (1998)

Tenemos entonces un sinnúmero de estrategias didácticas que sirven de apoyo a la gestión dinámica, flexible y creativa del docente, que como es bien documentado desde hace siglos por varios autores, y desde diferentes enfoques o concepciones del aprendizaje; deben buscar que:

  • El “fin de la educación sea el bienestar del hombre” (Vives, J. 1746-1827);
  • “El hombre llegue a la perfección por el desarrollo de sus capacidades humanas” (Pestalozzi, J. 1746–1827);
  • “Sólo se aprenda aquello que interesa” (Herbart, J. 1776–1841);
  • Debe “aprender a través de la experiencia y ser competente con base a una educación cívica” ( Kerschensteiner, G. 1854–1932);
  • Se “resuelvan problemas a través de la pedagogía de la acción” (Dewey, J. 1859–1952);
  • El estudiante sea “copartícipe en la generación de aprendizaje como consecuencia de experiencias significativas” (Kilpatrick, W. 1871–1965);
  • La educación sea “progresiva, activa y mediada por el trabajo en equipo” (Cousinet, R. 1881–1973).

Pueden seguir muchas citas de pedagogos que, como se observa, datan de hace varios siglos. En este contexto, la elección de la estrategia didáctica es secundaria a la elección de mi fundamento teórico para la práctica docente.

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